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PADRES E HIJOS: EL VALOR DE EXPONERLOS A LA VIDA. Cuando el vidrio se rompe.

  • lorizzonte1
  • 24 ago
  • Tempo di lettura: 2 min
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A menudo estamos atrapados en la preocupación de que nuestros hijos no vivan experiencias “peligrosas” o “incómodas”: los salvamos de algo, los protegemos de alguien, los mantenemos alejados de ciertos lugares o ambientes, les impedimos ver, escuchar, sentir, experimentar…Toda esta cadena de “no” termina convirtiéndose en un cristal detrás del cual observan el mundo exterior y, de forma inevitable, también su mundo interior.

Un vidrio aséptico que mantiene lejos virus y bacterias y, al mismo tiempo, antibalas, detrás del cual nos ilusionamos pensando que están a salvo de cualquier amenaza.

En este espacio —creado con las mejores intenciones— nuestros hijos aprenden a vivir en una zona de confort, un lugar donde, en teoría, nunca se verán expuestos a lo peor.

Esto genera una sensación de seguridad tanto para ellos, los hijos, como para nosotros, los padres.


Pero ¿qué sucede cuando, inevitablemente, la vida rompe ese vidrio?


Sucede que ni ellos ni nosotros estamos preparados para enfrentar el viento, el sol, la lluvia, el calor, el frío, la niebla, las subidas, las bajadas, los caminos lisos o resbaladizos.

Para preparar a nuestros hijos para la vida —y a nosotros junto con ellos— necesitamos quitar esos “no” y permitirles, y permitirnos, ver, probar, hablar, escuchar, comprender y, sobre todo, cuando caen, aprender a levantarse. Y es precisamente este último paso el que encierra la esencia misma de la paternidad: un camino que se convierte en evolución tanto para quien educa como para quien es educado.


En el fondo, la paternidad alcanza su máxima expresión cuando logramos ser ejemplo y guía.


A menudo pensamos que ser padres significa imponer reglas, dar consejos, satisfacer necesidades de todo tipo y proteger de cualquier peligro. Pero al hacerlo, corremos el riesgo de no proporcionar las herramientas esenciales para que un día puedan caminar con sus propias piernas: autorregularse, elegir por sí mismos, afrontar tanto la alegría como las frustraciones y el dolor, desarrollar estrategias de autoprotección (cuidado y resguardo de sí mismos).

El verdadero objetivo es exponerlos a la vida, caminando a su lado, pero sobre todo convirtiéndonos nosotros mismos en el ejemplo que quisiéramos que siguieran, integraran e incorporaran en un futuro no muy lejano.

Desde esta perspectiva, las reglas del juego se invierten: antes de educar a nuestros hijos, estamos llamados a educarnos y crecer nosotros mismos.

Y entonces, todo se vuelve mucho más sencillo y eficaz, porque nuestros hijos presenciarán una de las fuerzas más poderosas que existen en cualquier relación: LA COHERENCIA.

Un elemento a prueba del tiempo, del esfuerzo y de la vida.

El acto más revolucionario de ser padres no es protegerlos de la vida, sino prepararlos para abrazarla. Lo que permanece no es la ilusión de un vidrio que protege, sino la fuerza de un lazo que guía.


L. Monza

 
 
 

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